lunes, 24 de junio de 2013

Pasillo de comedia

OPNIÓN/ DIARIO CÓRDOBA
25/06/2013
Fue tal y como lo cuento sin quitar ni poner una sola palabra. La madre: que digo, que dice el niño que se gradúa y que hay comprarle un traje. El padre: ¿otra vez? Pero, ¿cuántas veces se va a graduar el joío niño? Pues si hay que comprarle un traje que no se gradúe, que la cosa está que arde y yo con más años que Matusalén no me he graduado nunca para nada, y aquí estoy, y de traje ni hablar, que se ponga el de su hermano que está nuevo. El niño, sin rechistar, se prueba el traje del hermano. Aparece en escena con los largos de pantalón y mangas a rastras y más receñido que un chorizo seco. El padre: ¡le está que ni pintiparado! La madre: ¿pero qué dices? ¿No ves que no puede ni respirar? El padre: ¡pues que coma menos que bien que se lo tengo dicho! ¡Estos niños que no piensan nada más que en comer! Le metes un poco en los largos y que no se abroche la chaqueta. La madre: ¡ni pensarlo! ¡Mi hijo no se gradúa hecho un mamarracho! El padre: pero, ¿cuántas graduaciones lleva el joío niño? El niño que no ha abierto la boca, se atreve a contentar: lo mismo que tos , papá. El padre: ¿y quién son tos y qué coño me importan a mí tos ? Bueno, mamá --se atreve a susurrar el niño--, mejor una americana. El padre fuera de sí: ¿una americana?, pero ¿de dónde leche te has sacado esa palabra? ¿Tú sabes qué es una americana y la pasta que cuesta? El niño: menos que el traje. Es que este año casi tos van a llevar america... El padre: ¡y dale con tos ! ¿Quién son tos para darme a mí lecciones de americanas? La madre poniendo fin: no te preocupes, hijo. Mañana vamos y te compro la americana o el traje. El padre: y un clavelito para la solapa. ¡Qué disparatazo! El joío niño lleva más graduaciones encima que años tiene.
Puesta en escena: entrajado general, incluyendo a los abuelos que de estrujados que están en la sala les da un sofoco y los tienen que sacar,  lágrimas, calor, fotos, etcétera.
Y yo, una larga sonrisa y una reflexión: sí, demasiadas graduaciones.



* Maestra y escritora





miércoles, 19 de junio de 2013

Volver a soñar

DIARIO CÓRDOBA/ CARTAS AL DIRECTOR
A mi hermano Paco

Son las tantas, y aquí, en mi terraza, comida por la voz silenciosa de los recuerdos de ayer y de hoy, vuelvo a verte, querido hermano, como lo que siempre has sido: niño y hombre sensible, inteligente, religioso...
Tú y yo discrepamos en cosas que, no obstante, la savia que corre por nuestras venas, aquella que, con tanto amor, nos inyectaron nuestros padres, jamás dejará de alimentarnos, jamás se convertirá en ruinas porque hay valores inquebrantables por grandes y muchas que sean las distancias.
Y hoy, más que nunca, los meses que llevas sufriendo por la mala pata de aquella caída, se me alzan en polilla metida en mi cabeza que medio me quitan el sueño y por mucho que quiera exiliarme a ese rincón de los olvidos, sin poder evitarlo, estás conmigo siempre y en esta desvelada noche de sábado tan caluroso ya, quiero decirte que admiro tu paciencia con el dolor y quiero decirte, y lo sé por experiencia, que a veces, lo único que nos salva es nuestro coraje, nuestra rabia por morder a esta vida que sin permiso nos colocó en escena, nos repartió papeles, nos dejó crecer en amores y sueños y hasta puede que nos hiciera olvidar nuestra exigua provisionalidad.
No te rindas, pues, sigues en escena, aunque tengas que inventar, crear ilusiones, sueños... para no descomponer más esta aparente sinrazón que es la vida.
Volverán días de luz y caerán en pasado las malas horas que vives hoy. Estamos contigo, y lo sabes, todos los que te queremos.
 Levántate y anda porque, aunque a veces lo dudemos, siempre hay alguien que nos necesita y, sobre todo, siempre no queda por sembrar alguna pequeña flor.
A ti te quedan días de sueños, de siembra, días de luz y de mucho amor. 

lunes, 10 de junio de 2013

EL USO DE RAZÓN AL DÍA

OPINIÓN/DIARIO CÓRDOBA

11/6/2013
USO DE RAZÓN AL DÍA
ISABEL AGÜERA

No sé si fue entonces, cuando comencé a vivir o a morir. Alguien, con gran solemnidad, me dijo un día: hoy cumples siete años. Ya tienes uso de razón. Y yo ni palabra de quién era aquella señora que me visitaba a los siete años y, pensando que se trataría de una luz que se encendía en el corazón, le eché un reojo al latido y, ¡nada... de luz!
Pero eso sí, con el dedo y sobre las nobles maderas de un noble aparador garabateé un siete y miré a mi alrededor. Descubrí un gran almanaque colgado de la pared, y un bodegón torcido. ¿Sería aquello cosa de la señora razón?
¡Cuántas veces a lo muy largo ya de mi vida he recordado aquel momento en que fue acreditado mi uso de razón! ¡Y cuántos "perigallos" hemos dicho y creído! Porque, ¿hay edad para que la luz de la razón se encienda en nuestro modo de vivir y actuar?
Con frecuencia decimos: sé esto o aquello desde que tengo uso de razón. Creo que eso quiere decir desde que fui consciente de mi primer pensamiento, pero si es así, yo comencé a funcionar con tal uso a los tres años porque, sí, algo recuerdo de aquella tierna infancia.
Kant diferencia entre el uso público de la razón, aquel que se manifiesta tras estudios, investigaciones, etcétera, y el uso privado que se ha aceptado como trabajador, funcionario... Y visto lo visto, al día de hoy, pues que al garete el uso de razón público que nos permite ilustrarnos, opinar, ser libres, etcétera. O sea que la señora razón se enciende o se apaga, privadamente, según conveniencias. Y nada de ser objetivos, lógicos, inteligentes...
Por eso, mejor, la partícula de Dios que suena de maravilla, el tiempo loco que tenemos y cuatro tonterías... ¡Ah! Y apalabrados van y vienen y usar la razón para ver como salteamos al anónimo "truqueador" de turno que, cuando más desahogados andamos, nos mete una endemoniada palabreja de 80 puntos y ¡al garete el invento!
Es lo que hay y que mañana no sea peor, y fin.

viernes, 7 de junio de 2013

Un día especial



¡Cómo me gusta este baile de nubes
que  parecen querer seducir al  naciente sol!


 

Cuando era niña uno de mis escondites favoritos era el palomar de casa, una torreta donde la pava clueca incubaba y donde la gata romana escondía sus crías entre somieres viejos y tarimas apolilladas.

Allí, sentada en una prosaica canasta de retales, pasaba las horas observando cómo por las cuadrículas de los ventanales pasaban las nubes, se ponía el sol, salía la luna... De todo aquello, aprendí algo: no existe un día cualquiera, de igual forma que no existe un ser humano cualquiera. Cada hora, cada momento, cada ser humano... es único, irrepetible

Y es que, mientras haya tiempo, no podemos sumirnos en el desaliento, arrastrando,   lúgubres y deprimidos aquellas rutinas que nos son cotidianas.

Desde cualquier lugar, a cualquier hora existe la maravillosa posibilidad de poder tomar y escuchar el pulso de la vida que palpita a nuestro alrededor y extraer de esos latidos el néctar preciso para hacernos receptivos a las pequeñas cosas que singularizan cada día de nuestra existencia, huyendo así de vulgaridades y estridencias de muerte y capacitándonos para apreciar y valorar la unicidad de los instantes.

No, no existe un día cualquiera, un día en blanco en la corta historia de nuestra biografía. La vida es el agridulce de una sucesión de momentos que, en cadena, y en el repente de un flsh nos ilumina a fin de que vayamos troquelando el camino que conduce hacia nosotros mismos. Tan sólo disponemos de este día, de este momento, ¿por qué no vivirlo con la exquisitez de lo efímero y no obstante transcendente?

 Hoy, un maravilloso amanecer de nubes y soles por los tejadops de las terrazas. hoy, un día más con la esperaza de oír a un amigo; hoy, un fuerte dolor de cabeza; hoy, un paseo maravilloso a la sierra; hoy, la música de un preicoso diquet, regalo de un amigo; hoy, el asesinato de un ser humano, y la sonrisa maravillosa de mis chiquitines, hoy, ¿un día cualquiera? No, no, hoy un día único, especial, un día de contastes, un día de sopresas...

Tal vez mis reflexiones sean una utopía, pero si logro conectar con un sólo ser humano, habré logrado añadir algo importante a este día que de ninguna manera será uno más, porque, desde que amaneció, le coloqué la etiqueta  de “día especial”.

Y como tal quiero vivirlo.