lunes, 18 de noviembre de 2013

Van gogh de la literatura



Opinión / Diario Córdoba
ISABEL Agüera 19/11/2013

Hace unos días, mi querido amigo Antonio Gil se hacía eco de una pregunta en el diario Libération : ¿Y usted por qué escribe? Algunas de las respuestas que citaba de escritores famosos, que dice nos las han servido en bandeja, aunque yo creo que eran más que conocidas por la mayoría de los lectores, eran: escribo por dinero, por fama, por insatisfacción de otras cosas, etcétera.
Es lógico que al igual que si preguntamos a cada ser humano cuál es el sentido de su vida, las respuestas sean tan variopintas como seres humanos poblamos la tierra. 
Yo, que no soy famosa, pero desde luego escritora desde que me salieron los dientes, y desde luego sincera, también, le contesto a nuestro querido periodista y no en las jornadas "Un otoño de novela", cosa que está visto queda para los grandes, sino desde esta humilde columna. 
Escribo porque al igual que el aire es necesario para respirar, el escribir es para mí necesario para vivir. Es decir, ¡claro que me gusta, como a todos, la fama, el dinerito, etcétera!, pero, cuando cada día de madrugada me siento frente al ordenador, todo eso me importa un bledo, me importa, sí, el placer de crear, dar vida a personajes, conversar, vivir con ellos, crear historias, ambientes, palabras y que de un folio en blanco salga una obra de arte.
Legítimas, ¡no faltaría más!, todas las motivaciones, pero creo que un médico, por ejemplo, que ejerciera por dinero, nos alejaría su confianza o un político que nos dijera que busca la fama echaría para atrás nuestro voto. Escribir es un arte, y el artista se siente feliz, realizado con su creación, aunque no corra el dinero ni se le agite el incensario.
El escritor no se improvisa; nace, vive y muere, sin decaer, a dúo con sus historias, las sufre, las goza en silencio. ¡Cuántos Van Gogh de la literatura, por suerte, corren por el mundo! ¡Ojala no se extingan porque en ellos encontraremos pura literatura!

sábado, 16 de noviembre de 2013

Sonrisa en las gafas


Mini-cuento

La sonrisa de la buena conciencia no muere nunca

Ella, sin consuelo, seguía llorando la muerte de él. Habían pasado meses de aparente calma para todos, pero ella vivía a dúo cada hora, cada minuto de su existencia.
Él, único hombre de su vida, murió cuando ya los verdes de la primavera asomaban por los campos y las golondrinas volvían a revolotear por sus  nidos de siempre.
Ella, un día, abrió con reverencia aquel cajón de la mesita de noche, cofre de las pocas pertenencias de él, y allí, entre sus manos, aquellas gafas que le acompañaron en vida, cristales que conservaban huellas de sus últimas miradas.
Ella se las puso y entre borrosas imágenes, nítida, muy nítida, él y su sonrisa de vida que jamás se apeó de su rostro.




miércoles, 13 de noviembre de 2013

Colores del cielo



  
Desde mi terraza. Los colores del cielo me maravillan. 
Cambian  en cuestión de 
segundos y mi níspero posa orgulloso ante mi cámara. 
Ayer en Córdoba.

(Sin retoques)

martes, 12 de noviembre de 2013

Exigencias sin género


DIARIO CÓRDOBA/EDUCACIÓN   
 13/11/2013

A la puerta de un colegio, cada día, se repetía el mismo espectáculo: un matrimonio separado pugnaba por llevarse a su pequeña de nueve años, alumna de mi clase. ¡Se viene conmigo! -gritaba el padre- ¡Se viene conmigo! -gritaba la madre-. Y se peleaban e incluso agredían a la pequeña, tirando de ella de un lado para otro.

No sé si con acierto, intervine: creo que lo mejor -dije- es que hable ella. Tímidamente, la niña dijo: yo quiero estar mejor con mi madre, porque si me voy con mi padre, ¿quién me va a hacer la comida? ¿Quién me va a despertar para venir al cole? ¿Quién me va a lavar la ropa? Un compañero de clase dijo: ¡pues que tu padre aprenda a lavar, a guisar, a... Mi padre -interrumpió la pequeña- es ya muy grande para ir al colegio, y él lo que sabe es subir del bar y ver el fútbol.

Increíblemente sorprendida por lo que oía, me dije: En esta clase tendría que haber una lavadora, una cocina, una plancha... Es cierto que, hoy por hoy, son muchos los hombres que, por razones laborales de las mujeres, comparten tareas domésticas, pero no habría que llegar a esa situación, prácticamente de emergencia, para que, con toda naturalidad, los varones, desde que son pequeñitos, se concienciaran de que la igualdad real, respetando, claro está, las diferencias biológicas, consiste en ir de la mano, hombres y mujeres, en lo que a derechos y deberes respecta.

Y es cierto que en las aulas se les calienta la cabeza a los alumnos con el tema de la igualdad, pero poco hacemos más allá de airear palabras. Siempre he creído, y lo sigo creyendo, que el objetivo primero de la educación debe ser el de preparar a los alumnos para la vida, y la vida hoy conlleva exigencias sin género.

Atención, pues, a competencias sociales y ciudadanas, autonomía, etc. En la escuela es donde se aprenden cosas nuevas y donde se deberían corregir las "viejas".

jueves, 7 de noviembre de 2013

Radiografía de unas horas



Nueva Entrada a mi blog Pensamientos, poemas, cuentos...



Radiografía de unas horas

lunes, 4 de noviembre de 2013

LOS NIETOS PREGUNTAN


DIARIO CÓRDOBA/ OPINIÓN
ISABEL Agüera
05/11/2013
Mi nieto de siete años me preguntaba: ¿Abuela, tú vas a ir al cementerio a llevar flores al abuelo? Mañana es el día de los muertos, ¿no? 
Por supuesto que le contesté con mi verdad porque, por mucho que digamos que los niños de ahora no saben nada de nada, ¡a bien que no preguntan, opinan, piensan, etc.! Y bien, alguien que leyó mi respuesta en el blog que dedico a mis nietos, exclamó: ¡buen tema para un artículo! Y en ello estoy. 
Verás --le dije--, a mí me gusta ir al cementerio, cuando quiero o necesito pasar un rato de paz, de tranquilidad, un tiempo, aunque sean unos minutos, de estar frente a la losa del abuelo, limpiarla, ponerle flores y recordarlo de forma muy especial. Y eso que yo quiero, en estos días, es imposible, porque hay gente a montones por todas partes, hombres que te ofrecen desde escaleras hasta hacerte fotografías junto a las tumbas, etc. El cementerio, así, es más un baratillo que otra cosa. Y a mí no me gusta nada de eso. ¿Entiendes? 
Por otro lado, todas esas cosas que se llevan y traen a los difuntos es como una obligación o devoción más, pero que daría lo mismo poner esas flores a la fotografía del ser querido en nuestra casa. 
Y la razón es muy sencilla: allí no está, en nuestro caso, el abuelo, allí no están sus palabras, sus pensamientos, allí no está su vida, su alma que, si somos creyentes, pensaremos que está con Dios y, si no lo somos, con más razón pensaremos que no hay nada de nada. 
Pero el niño, con más luces que una feria, me volvió a peguntar: ¿Y por qué vas al cementerio si dices que allí no está el abuelo? Porque están sus restos, precioso, y es una forma de mantener cuidado, limpio y "adornado" el lugar donde se guardan, pero respeto lo que hagan los demás. ¿Entendido? ¡Regulín, regulín! --exclamó. 
¿Y tú dónde crees que está el abuelo? ¡Uf, otro día! ¿Vale? Vale, pero que no se te olvide, ¿vale? Vale.