lunes, 25 de septiembre de 2017

MARAVILLOSO RETABLO

DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN
ISABEL AGÜERA
La misión del artista es echar luz sobre las tinieblas del corazón humano», dice Shuman, compositor y crítico musical alemán. Y así creo que ha sido siempre y de ahí los grandes museos, bibliotecas, etc. y las grandes emociones que sentimos ante una obra de arte que nos conmueve por su belleza y realismo. Pero el arte, hoy, es banal y vacío, y no lo digo yo, es algo que leí en prensa digital, de igual forma leí que los espejos sirven para verse la cara y el arte para verse el alma.
Sinceramente creo que han aparecido Chirinos y Chanfalla de Cervantes para hacernos creer que cualquier cosa, pintura, escritura, música..., es una maravilla, cuando la realidad es que ni se ve, ni se oye, ni se entiende nada, pero nadie se atreve a decir lo contrario por temor a resultar inculto y pobre persona. Pienso que, efectivamente, hay que romper linealidades, hay que excavar aquellas brechas, caminos por los que asome la novedad, hay, en definitiva, que propiciar el surgimiento de un pensamiento rupturista y propositivo, pero los genios, los artistas capaces de mostrarnos una realidad nueva, sin que por ello pierda su condición de original creación, no abundan en estos tiempos.
No olvidemos que el concepto de arte depende de cómo ve la sociedad el mundo en su época, y en esta sociedad posmoderna, sin ídolos, sin tabúes, sin valores, sin pasado, sin tan siquiera imagen gloriosa de sí misma, todo vale, se expande el concepto que anatematiza como retrógrado, caduco, conservador, etc. a quien no ve maravillas en un arte que no es nada.

Aplaudimos, premiamos, promocionamos. pintura, literatura, música... Caja de barro vacía donde decimos ver un nuevo Retablo de Maravillas.

martes, 29 de agosto de 2017

Adiós, Narian

DIARIO CÓRDOBA/ OPINIÓN

Días estos de regresos y despedidas. Me duele, me cuesta y me emociona decir adiós a Marian, una pequeña saharaui con la que, desde hace tres veranos y por generosidad y solidaridad de uno de mis hijos, compartimos vacaciones. Una preciosa niña que me regalaba jazmines, que me repetía: abuela, cuéntame cuentos, que acariciando mis manos,  decía «yo quisiera ser así de blanca», una niña del desierto, de piel achicharrada de soles y arenas, una niña desnutrida que cuenta historias que erizan los vellos  hasta de  los más duros oídos, una preciosa chiquilla que sueña con una escuelita blanca, un punto en el desierto, al que tiene que acceder por ardientes arenas. Una hija más, entre ocho de una familia que vio cómo el viento se llevaba su casa de barro y refugiados en la jaima de un familiar se apiñan todos y viven como pueden. Hay quien dice que están acostumbrados y eso no les importa, hay quien dice que traer a nuestras casas a esos niños no arregla nada y hay quien dice que hasta  se les hace daño ofreciéndoles una vida que después no tienen. Bueno, por mi parte, lejos, muy lejos de connotaciones políticas que no son mi tema y que resultan farragosas y complejas, mirando el lado humano del problema pienso que no están acostumbrados, están resignados, y sí se arregla algo con tan generosa acción: al menos una niña come, bebe, se ducha, juega y es feliz en plena conciencia de la provisionalidad que vive y del retorno a los suyos, cosa que, en un  difícil binomio, conjuga en deseos y añoranzas. ¿Que se le hace daño  con una falsa vida? No es falsa; es auténtica y en ella mucho amor y solidaridad que hasta una niña pequeña como Marian sabe agradecer.

Mi querida niña, no sé si volveré a verte, pero siempre estarás en mi corazón, siempre en mi recuerdo, porque te siento, te vivo como una hija más, una nieta que tirada en un desierto, resistes como tus mayores, los embates de un mundo que solo alza su voz cuando le interesa, pero quiero que sepas, mi querida, mi pequeña Marian, que tú interesas y mucho a esta familia que te recibe cada verano, a esta abuela" que tanto ama a los niños y que para siempre te llevarán muy dentro del alma, sin duda mejor lugar que el desierto. 
Y que canten los niños aquellos que sufren dolor, que canten porque han apagado su voz.


martes, 4 de julio de 2017

No se nace viejo

DIARIO CÓRDOBA / OPINÓN
A medida que vamos cumpliendo años, es cada vez más frecuente, a diestra y siniestra, ir  escuchando o repitiendo frases como éstas: ¡pero si no pasan días por ti!, pero, ¡si estás igual que siempre!, pero, ¡si estás hecho un chaval! Y claro, a tan generosas expre­siones, se nos imponen respuestas: ¡pues anda que tú! ¡Si cada día se te ve mejor! No hay duda de que, en el fondo, nos dejamos llevar in­conscientemente, por una meto­do­logía conductista: estímulo respuesta. Lo que más nos inte­resa, por supuesto, no es que el otro esté o deje de estar igual que siempre, sino que nos haga creer que lo estamos nosotros. 
Y de estar cada día más jóvenes, nada de nada. Puede que hayamos perdido o ganado unos kilos, puede que, por cualquier causa,  llevemos el “guapo subido”, y puede que nuestro aspecto, atuendo, etc. nos haga parecer de verdad ante los demás que los días no pasan por nosotros. De cualquier forma, para mí, ese vaivén de mentirijillas, me resulta divertido, aunque, sinceramente, me provoca pena. Sí, pena, por­que, en definitiva, se trata de ir pregonando algo que no acepta­mos: que vamos envejeciendo. Y bien conocido es aquello que dice: Empezar a sentirse joven es el primer síntoma de la vejez”. 
Hay una realidad en la que poco pensamos: no se nace viejo, pero la meta, desde que nacemos hacia la cual nos dirigimos lleva a esa, para  muchos insopor­table tremenda y difícil de aceptar, etapa llamada  vejez. Pero el viejo no es solo años; el viejo se hace en el transcu­rrir de los años. Porque la vejez no llega en un repente: nos vamos haciendo vie­jos, y cada paso en esa dirección debe llevar el sello de lo impere­cedero, sello y firma de autenticidad, de lucha, de superación... Sus hechos –dice Ovidio-son los que hacen viejo al hombre. Y yo así lo creo. Por eso a no pasar la antorcha hasta llegar a la meta.


domingo, 2 de julio de 2017

verano en los pueblos: la huerta

En las tardes de verano, mi padre, de vez en cuando, nos llevaba a la huerta del Solo –última residencia del pintor Pedro Bueno-. ¡Qué sueño eran las huertas! Silencio, roto por el ruidito del agua al caer por los arcaduces de una noria chiquita que, lentamente, movía un borriquillo, dando vueltas con los ojos vendados, alrededor de una alberca donde se lavaban hortalizas y dónde muchos niños se bañaban. Y qué agradable era pasear por entre las planteras de tomates, pimientos, lechugas, canalillos del riego, olor fresco que manaba la tierra, árboles frutales y algún que otro perro vagando lentamente al compás de nuestros pasos 
La huerta era también nave de canastas, herramientas y muebles destartalados que, no obstante, me provocaban curiosidad y cierta intriga como si algo más se escondiera tras aquellas ingenuas realidades que a simple vista se mostraban. Lo que más nos gustaba a los pequeños era el espantapájaros que en medio de la huerta se erguía gracioso. Parecía un hombre de verdad, un hombre de palo: brazos erectos como si fueran aspas de una maltrecha cruz, un viejo sombrero de paja, que le caía tapándole un siniestro e inexistente rostro, bufanda de cuadros rechinantes, que le llegaba hasta el suelo, y chaqueta panda como la de un viejo payaso.
Gorriones, bandadas de gorriones acudían a la huerta con el crepúsculo. Recelosos, no se fiaban del espantapájaros, Parecía como si todos a la vez, mirándolo, se comunicaran: ¡Cuidado! ¡Hay un hombre!
Y en la huerta llegaba la noche entre cantos de grillos, gruñidos de perros, piruetas de gatos por las viejas sillas esparramadas por una pequeña explanada, acceso al cobertizo de hortalizas recogidas, y el olor húmedo de la tierra. ¡Cómo recuerdo aquel paraíso que me parecía la huerta! ¡Y cómo puedo degustar todavía el sabor agridulce de aquellas perillas de san juan que el hortelano nos regalaba! ¡Cuántos recuerdos que no quiero arrinconar porque en su día fueron sueños de niña, fueron vida fecunda en sentires que se iban escribiendo en la pancarta de mi alma!
Y siempre, al regreso, el alborozo de unos tomates regalados, unos pepinos o un manojo de rabanillos que todavía veo lavar en la alberca.

 Algunas tardes los paseos a la huerta terminaban en melonares propios o de familiares, y lo primero, casi un sueño, el guarda en su choza pequeñita y casi mágica, que salía al paso. Después, rozando la noche, el degustar aquella deliciosa fruta que era diestramente elegida y repartida, a corte de navaja, por el diestro guarda. No sé por qué me llenaban de misterio aquellas chozas. Me parecían dibujos de un libro de cuentos, y esperaba que en ellas hubiera algo más que un camastro y el asiento de una vieja silla, realidades que al comprobarlas, una y otra vez, me dejaban triste.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Un Centro Público diez

No es el único, sin duda, el colegio público Nuestra Señora de Linares, el que merece ser considerado centro diez, pero al celebrar días pasados la Semana de la Familia y haber sido testigo de tal proyecto, quiero homenajear, desde esta sencilla columna, a todo el profesorado que siempre pero, con motivo de tal festividad, ha trabajado en línea de promover entre el alumnado el gran valor de la familia, programando para tal fin una serie de actividades en torno a la lecto-escritura, cuyo ámbito incluía, como no podía ser de otra manera, a los padres que, colaboradores  siempre, prestaron apoyo a todas las iniciativas, así como testificaron su interés con asistencia a cuantos actos habían sido programados expresamente de cara a que participaran, como padres, en esta gran responsabilidad y tarea de ser apoyo constante en la educación de los hijos, en general y en la lectura de forma muy particular.
Personalmente me sentí   conmovida por el trabajo de todo el centro en torno a la lectura de obras de las que soy autora, pudiendo dar fe del entusiasmo de los alumnos expresando sus cientos de trabajos en torno a ellas. 
Gracias, pues, al claustro de este gran centro público y gracias a los padres que tan generosamente me recibieron, escucharon y obsequiaron. Recordé aquella frase que dice: «la sonrisa de mi cara no significa que mi vida sea perfecta. Significa que agradezco lo que tengo, con lo que Dios me ha bendecido» y, -añado-, sobre todo, con el cariño que recibo. Gracias, compañeros, padres y alumnos; he sonreído y también he llorado. ¡Tantos recuerdos, tantas cosas...!
Y os dejo como mensaje una frase que no es mía, pero con la que comulgo totalmente: «La educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo».

Y yo os digo más: el mundo no está lejos, el mundo somos todos y cada uno de nosotros.