martes, 10 de mayo de 2011

Pena de Muerte

 

Pena de muerte

ISABEL Agüera (11/05/2011)

Tras leer montones de artículos, escuchar tertulias y opiniones de todos los colores, me atrevo hoy a reflexionar en voz alta algo que me cuesta digerir y que humildemente expongo, consciente de que ni por cultura, ni por formación política, ni por nada, seguramente, estoy capacitada para hacerlo, aunque hay un pequeño matiz que me impulsa, no obstante, a ello y así poner palabras a esa voz que habla a todos del bien y del mal: la condición de ser humano por encima de todo. Hay un mandamiento, que escuetamente dice, sin posibles interpretaciones, no matarás. Y alguien, que no recuerdo, dijo: matar a una persona por defender un ideal no es defender un ideal: es matar una persona.
No creo que nadie sospeche siquiera de mi repudia más absoluta hacia el terrorismo y hacia los que lo practican o toleran pero, si más de dos tercios de los países del mundo han abolido la pena de muerte, se supone, supongo que no es precisamente de cara a los santos y pacíficos ciudadanos, sino para todos, sin excepción.
Y ahora resulta que nos alegramos, que festejamos, que aplaudimos, como una gran victoria, la ejecución de un ser humano, de dos de sus hijos, nietos, etc. Condeno de forma rotunda --repito-- a todos los Goliat vengan de donde vengan. Pero, dando por descontada esta obviedad, las noticias estrellas de estos días me dejan perpleja. Sí, porque la palabra matar nos va sonando como a broma, y ya la he oído hasta en boca de niños.
En fin, que no, que me uno al coro de voces que hablan del primor de coger vivos a los criminales, juzgarlos y condenarlos. Pero si este mundo va camino de justificar la tortura, la mentira, si va camino de matar y aplaudir a los verdugos, a los chistosos que usan la palabra ma-to, mejor huir de él. No sé a dónde, pero huir.
La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie. Lo dijo Víctor Hugo.

domingo, 1 de mayo de 2011

Resucitar día a día

 

 

Resucitar dia a dia

26/04/2011 ISABEL Agüera
Esta noticia pertenece a la edición en papel.

Es inenarrable el sentimiento que me embarga cada año cuando amanece el Domingo de Resurrección entre olores de azahar, celindas, lirios, flores nuevas, en definitiva, tras la fría y larga noche de Viernes Santo. Es algo así como si, izándome de la tierra, me elevara a la búsqueda de un eterno abrazo con el universo infinito. ¡Qué paz! ¡Qué amor! ¡Qué misterio!
A veces casi exigimos pruebas a Dios para medio creer en El, y las hay, sólo que necesitamos, eso, elevarnos por encima de lo material para descubrirlas, porque están ahí, rodeando nuestro cuello como abrazo de apasionado amante, y están ahí, tan pegadas a nuestras vidas que ni siquiera las reconocemos. Sucede que nos cegamos en la inútil espera de sucesos extraordinarios que podamos interpretar como llovidos del cielo y en respuestas a nuestros divinos desafíos.
Todo en torno mío duerme. Es la madrugada del Domingo de Resurrección, y una especie de plegaria me escucho en los adentros. Gracias, Dios, por haberme dado capacidad de renacer en los difíciles momentos de mi vida y así poder continuar contemplando las estrellas, la Osa Mayor, aquel "carro" que papá me señalaba en las negras noches del jardín de casa. Gracias por resucitar en mí cada mañana la capacidad de amar las mil cosas sencillas que descubro en los días. La vida no es fácil. Las más de las veces, una pesada y punzante cuesta arriba. De ahí que cada día vayamos muriendo un poco, pero de ahí, sobre todo, que cada día tengamos que beber, sorbo a sorbo, el divino elixir del amor y la esperanza, y resucitar, como resucita la primavera, como resucitan los pájaros cada año en sus nidos.
Y termino con versos de un querido amigo R.M. Navarrete: Quiero que existas, Dios / porque si Tú existes en algún lado / se detendrá el reloj en la hora de siempre / y daremos de nuevo cuerda al corazón parado.
* Maestra y escritora