lunes 5 de marzo de 2012

Hombres Diez

DIARIO CÓRDOBA// OPINIÓN
ISABEL Agüera 06/03/2012


A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ¿qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas? Pero en cambio preguntan: ¿qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Solamente con estos detalles creen conocerle.

Si hay algún libro del que siento envidia por no haber sido su autora es precisamente de este: El Principito.

 Y todo a cuento de un gran hombre, por supuesto, con nombre propio: José Peña González: cuatro licenciaturas, tres doctorados, innumerables obras y un larguísimo currículo, imposible detallar en tan breve espacio.

Este hombre diez lo conocí en nuestra Real Academia, como a otros muchos de gran categoría y prestigio. Al principio, entre su grandeza y mi pequeñez, apenas si alcanzaba a verlo, pero un día caí en la cuenta de que el hombre que yo buscaba estaba "dentro de la caja", y así era exactamente como yo lo quería.

Y no era pequeño ni estaba dormido. Era el amigo cercano, sencillo, educado, entrañable... Como canta el poeta de él se puede decir: "Me encuentro a gusto en mi flotilla rompe olas, navegando con todos. Compañero de barqueros y mineros, de todos los que se dan la mano, como y bebo con ellos".

Amigo Peña: nuestro Séneca, del que soy adicta en mucho, dice: "La adversidad vuelve sabio al hombre. Creo que en tu caso, las grandes adversidades dan lugar como dice O. Goldsmith al mayor espectáculo del mundo que no es otro que cotemplar a un hombre esforzado luchando contra la adversidad.

Mi admiración y cariño, amigo. No hay más que una historia: la historia del hombre --Tagore--. A tu historia, amigo Peña, le faltan muchos capítulos por escribir. Estoy segura de que estás en ello, y de que tu capacidad y prestigio seguirá siendo norte para tantos como te queremos y admiramos.

Derecho, camino  adelante.  Sí  se puede ir muy lejos en este nuestro pequeño-gran-planeta.



* Maestra y escritora



martes 21 de febrero de 2012

Niños a tope


¡Tiempo libre para los niños!


El estadounidense Guerry Spence dijo en el año 1929: "Los niños son personas. Son personas pequeñas con almas perfectas que todavía no las han hecho esclavas".

A la fecha de hoy, digo yo, ¡qué lejos andamos de tal afirmación! Nuestros niños y niñas, ¡vaya si son esclavos!, ante todo, de la manera de ser, pensar y sentir de sus educadores en general y de sus padres muy en especial, ya que unos y otros tratamos de alejarlos cuanto antes de sus propias maneras, que no son otras que la felicidad expresada en juegos, sueños, familia, etc.

Sinceramente, siento una gran pena por los niños de hoy día. Creo que nos estamos equivocando, cargándolos a edades increíblemente tempranas, de obligaciones y responsabilidades que no les pertenecen y que, a poco que reflexionemos, en la mayoría de los casos, obedecen a una especie de competitividad entre los adultos.

Así, es curioso observar cómo andan los padres, las madres, los niños de un lado para otro, con la carga a cuestas de lo que solemos llamar sus gustos y deseos: idiomas, deportes, bailes, música, etc. Y, por supuesto, cuando regresan de tan gran maratón, les esperan las tareas del cole, la ducha, la cena y la cama.

¿Y cuándo tienen los niños tiempo de ocio?¿Cuándo tiempo para compartir con padres y hermanos? No es extraño escuchar quejas como estas: "En lugar de estudiar, juegan en el ordenador".

Los que hoy somos abuelos, fuimos niños y niñas de juegos inventados, juegos de cartón y sueños mágicos, pero no creo que nos sintamos frustrados por no haber corrido tras saberes que nos llegarían y sorprenderían con el título ya alcanzado de autodidactas, el mejor máster para mí, por no haber pasado por fotocopiadora alguna, teniendo así el privilegio de vivir y morir originales.

Siempre hay un momento de la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar el futuro. Ese momento tiene nombre: Sueños. No los apaguemos de un portazo.





lunes 13 de febrero de 2012

¡QUÉ RARO ESE DIOS!

OPINIÓN/ DIARIO CÓRDOBA
ISABEL Agüera 14/02/2012




Lo decía mi nieto de siete años, y la verdad es que yo no tenía razones para contradecirlo. Hoy, con la serenidad de los años y, tras haber buceado mucho por grandes y ocultas profundidades, sin ánimo, por supuesto, de transferirle verdades absolutas, que no las hay y menos aún en cuestiones de fe, de alguna forma quiero dar respuesta a sus inquietas y repetidas preguntas: "Abuela, ¿tú crees en Dios?".


Compleja cuestión para tan pocas líneas. Te diré mi querido pequeño, primero en lo que no creo. Eso es: en un Dios de premios y castigos, de silencios y olvidos. No creo en un Dios remedio de todos los males y dador de todos los bienes. No creo en un Dios eco de mi pobre y débil voz.

Dios, esa palabra que te parece tan rara, se ha conservado bajo esta forma original en la lengua de todos los pueblos y debió ser el primer grito que representó al pensamiento humano, la primera exclamación admirativa que hizo el hombre al contemplar la naturaleza, los primeros quejidos de dolor que buscaban consuelo en una misericordia soberana.

El hombre, en su orgullo --dice otro raro, Nietzsche-- creó a Dios a su imagen y semejanza, y así --te digo yo--: ¡Vaya si es contradicción todo lo que le achacamos a la palabra Dios! Pero es mucho más sencillo, cómo yo lo veo.

La palabra Dios es tan solo sombra de lo que no entendemos, de lo que no alcanzamos a tocar, pero olvídate de tal palabra y dime: ¿No es cierto que algo notamos en nuestra vida que se escapa de nuestros maravillosos alcances y hasta de los más sabios pensadores?

La palabra Dios la hemos revestido de mágicos poderes, la hemos colgado de las nubes y, ¡hala!, percha de las guantas.

Para mí, a Dios no hay que buscarlo en las alturas, sino aquí, en la tierra de todos y resumido en pocas palabras: amor al prójimo como a nosotros mismos.

¿A que visto así no es tan raro?.





* Maestra y escritora







martes 7 de febrero de 2012

Cambios en Educación

DIARIO CÓRDOBA/EDUCACIÓN
ISABEL AG ERA 08/02/2012


Dado por sentado lo importante que sería alcanzar un pacto educativo tan necesario y que, no obstante, un gobierno por otro no hay forma de hacerlo realidad, creo, en primer lugar, y es algo repetido hasta la saciedad, que la educación es cosa de los padres, y lo miremos como lo miremos, se impone, inconscientemente, creo, una total manipulación de los hijos cuando tratamos de educarlos en una transmisión de lo que consideramos valores, pero siempre desde nuestro punto de vista. Recuerdo a una madre que me decía: "Mi hija no va a hacer la Primera Comunión, porque nosotros no creemos en esas cosas". Otra se expresaba en línea y me decía muy convencida: "Mis hijos no van a un colegio religioso porque no quiero que le coman el coco a base de catequesis, etc".

Por supuesto, todas las opiniones son respetables y se supone que vivimos en un país libre, ¿pero quién manipula a quién? Nunca me han asustado los cambios educativos, que han sido muchos en mi larga carrera profesional, porque no hay cambio que pueda desplazar, borrar la moralidad, las creencias, la vocación y la honestidad de un maestro cuando se enfrenta a sus alumnos.
No hay ley, por buena que sea, que pueda invadir el espacio de un aula, ni que pueda vetar la transmisión de valores de un maestro, ya que no se trata, precisamente, de libros ni palabras sino de una actitud firme en aquello en lo que se cree y profesa. "No bebas tanta agua" --me decía una niña cuando murió mi marido--. "Mejor, toma pañuelos". Y me dejó un paquetito sobre la mesa.

Los niños tienen un sexto sentido por el cual van mucho más allá de cualquier fórmula que obedezca a un mero cumplir disimulado, y solo le transmitimos aquello que, al salir de nuestros labios, evidencia el pase necesario, auténtico y hasta mágico por el corazón.







martes 31 de enero de 2012

Si la dignidad hablara...

OPINIÓN/DIARIO CÓRDOBA/ISABEL AGÜERA




Divertida viñeta de mi gran amigo Carmelo López de Arce

La dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma y quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable a sus propios ojos.
Proceder con honestidad en aras de la dignidad del hombre es el compromiso más trascendente en nuestro corto paso por este mundo.
No debe afligiros el que los hombres no os conozcan. Lo lamentable es que no seáis dignos de ser conocidos por los hombres.

¡Por Dios! ¿Quién dice todas estas cosas? Sí, ¡claro que lo sé!, pero la sabiduría que encierran es lo que importa, porque ¿qué diría la señora dignidad si hablara? Lo primero, creo yo, sería, contando que siga teniendo voz, que anda tan a de bajón que por cuatro regalillos, algún que otro servil manoseo, más halagos van y vienen, se va al garete, pisoteada como si, de ser reina que sentada en nuestro personal trono nos librara del chantaje, hipocresía, mentira, etc. pasara a ser la cenicienta, como mucho.

Ya sé que hoy día, tal vez más que nunca, se olvida que solo vive digna nobleza quien hecho a grandeza noble está, pero, ¿y la tentación y el gustito de lograr que nos hagan un agujerito (muchos itos, niña) para sacar siquiera la cabeza y exclamar: ¡para que veáis lo grande que soy!

Y digo yo: ¿acaso el gigante tiene que auparse para ser visto? No, ¡qué va! Son los chiquituelos (los de espíritu, claro) los que patean su dignidad por un vil plato de lentejas (con esto de la crisis, las lentejas...)

La dignidad no tiene sitio, ni colectivo, ni plural. La dignidad no es producto mercantil sino un valor intrínseco y supremo que tiene cada ser humano, independientemente de su situación económica, social y cultural y no se nace con él debajo del brazo; se gana en el transcurrir de la vida, con trabajo honrado y bien hecho y nadie nos la podrá robar jamás, ya que, aunque soplen malos vientos, la dignidad permanecerá y nos hará libres, poderosos, inmortales-









lunes 16 de enero de 2012

Divisando la meta




OPINIÓN /DIARIO CÓRDOBA
ISABEL Agüera 17/01/2012


Me quiero referir, hoy, a la meta final, a la meta que se empieza a perfilar por el horizonte, como si fuese la última palmera del desierto (¡suéltalo de una vez!): la muerte. ¿Qué hago yo aquí ya? --me decía un anciano--. No espero nada, no tengo nada que hacer; se me acabó el tiempo.
Y yo lo entendía y me faltaban palabras para quitarle la razón, porque no se puede tachar de un plumazo lo que la sociedad, los seres queridos, los achaques, la vida, en definitiva, van tallando sobre la imagen del ser humano que, inevitablemente, con el paso de los años, va perdiendo facultades a lo que se suma la creencia de la validez en exclusiva de la juventud.
Recuerdo, ahora, a una señora mayor que, a cada cambio que se le proponía para mejorar su casa medio en ruinas, exclamaba: ¿Y ya para qué?
Por supuesto que entiendo esa recta final que, sin piedad, va apagando luces de futuro, dejando al mayor prácticamente sumido en el más oscuro túnel. Eso es: no hay futuro a la vista y de ahí el ¿ya para qué? y el ¿qué hago yo aquí ya?
Es cierto que esas interrogantes otean por las mentes de todos sin que a veces tengan relación con la edad, si bien es un fuerte agravante, y es que, las circunstancias, en general, pueden provocarnos cansancio de vida, desilusión, un arrastre por las rutinas de los días que se van tornando horas de televisión, algún que otro paseo y, ¡pare, pare usted de contar! En fin, electro encéfalo plano.
Y ahora voy yo y digo ¡Ya está bien, ya está bien! (¿He oído esto en la tele? Me suena mucho) Amigo mayor: no te dejes paralizar por los años. Camina al ritmo que puedas, trabaja en lo que te guste, habla con quién sea capaz de escucharte. Escucha a quien desee hablarte. No te sientas joven pero tampoco acabado. Sí, hay futuro, pero no lo midas en años sino en momentos, en minutos porque en cada uno de ellos, hay, sin duda, una razón para seguir viviendo. Descúbrela y en ella tendrás respuestas al ¿ya para qué?



martes 10 de enero de 2012

Donde nacen los sueños

Cada instante nace y muere una ilusión, pero nuestros ojos deben estar abiertos,
tanto para recibirla como para despedirla


Hace unos días, y con su mijita de gracia, me decía textualmente una compañera: Que no, Isabel, que no tengo ilusión por volver a clase. Que los maestros somos siempre, y para todo, la percha de las guantás , y no hay derecho a soportar y callar todo lo que nos echen. ¡Que no, que ya no hay ilusión que valga! Y añadía: Y ahora vas y lo escribes, que te conozco.

Pues, sí, ahora, vísperas ya de regresar a las aulas, voy y lo escribo y parafraseando a Gabriela Mistral, yo diría: En la vida hay muchas cosas que pueden esperar, pero no el niño. Para el niño, mañana significa ilusión o nada. La mejor palabra que comprende es hoy, ya, ahora.

De ahí que, tanto maestros como padres, tengamos el ineludible deber de hacerles caer en la cuenta de que el futuro no es algo a lo que se llega sin remedio, sino algo que se construye desde el presente, con voluntad decidida de cambio, con capacidad de adaptación a insospechadas situaciones, y lo que es más importante, con capacidad para inventarlas. Entiendo que en los tiempos actuales queda un mínimo espacio para la ilusión pero a mi memoria afloran recuerdos de años peores, cuando, solo y exclusivamente, una gota de ilusión era motor que nos hacía dar el siguiente paso cada día porque bastaba, y basta, mirar a los ojos de un niño/a, donde nacen los sueños, para entender que no hay guantás que puedan arrancarnos la responsabilidad, la vocación...

Un niño exclamó un día: ¡A lo mejor estamos ahora creando el octavo día! Sí, exactamente, se trata de eso: ¡Crear un nuevo día!, y crearlo con luz, con sol, con tierra, con agua, con ilusión porque, si el tiempo se detiene, la escuela enmudece ante el porvenir.

Una ilusión eterna, o que por lo menos renazca en el alma de vez en cuando, no solo está muy cerca de la realidad, sino que sin esa realidad no se puede vivir. Una pizca de amor a los niños y la ilusión renacerá.